“Quiero dejar de pensar en eso.”

“Sé que no debería darle tantas vueltas, pero no puedo evitarlo.”

“¿Cómo hago para controlar mis pensamientos?”

Cuando algo nos preocupa, nos angustia o nos duele, es bastante común querer que desaparezca de nuestra cabeza. Buscamos cómo controlar los pensamientos, cómo dejar de pensar tanto o cómo hacer para que una determinada idea deje de aparecer.

Y quizás sea justamente ahí donde empieza el problema: queremos controlar algo que no siempre podemos controlar.

No elegimos todo lo que pensamos. Hay pensamientos que aparecen sin que los hayamos llamado y otros que regresan una y otra vez, incluso cuando sabemos que no queremos seguir pensando en ellos.

Podemos intentar distraernos, ocuparnos en otra cosa o decirnos que no vale la pena pensar más. A veces funciona. Pero otras veces, cuanto más intentamos sacar un pensamiento de nuestra cabeza, más presente se vuelve.

Entonces quizá valga la pena hacer una pregunta diferente: ¿por qué ese pensamiento insiste?

No todos los pensamientos significan lo mismo

Imaginemos que alguien piensa: “Mi pareja se va a cansar de mí”.

Podría tratarse simplemente de un miedo pasajero. Pero también podría llevar a revisar constantemente el teléfono, buscar señales de que algo está mal, necesitar que el otro confirme una y otra vez que todo está bien o imaginar anticipadamente una ruptura.

El pensamiento ya no aparece solo. Empieza a organizar la manera en que esa persona vive su relación.

Y ahí quizá no sea suficiente intentar controlar el pensamiento.

Podríamos preguntarnos: ¿qué significa para mí que alguien se vaya? ¿Qué siento cuando no tengo certeza de que el otro va a quedarse? ¿Qué hago frente a ese miedo?

A veces lo que nos hace sufrir no es solamente lo que pensamos, sino aquello que ese pensamiento pone en juego.

Cuando el presente toca algo de nuestra historia

Hay situaciones actuales que pueden despertar formas de sentir que no comenzaron necesariamente hoy.

Una persona tarda en responder un mensaje y sentimos que algo cambió. Alguien toma distancia y aparece inmediatamente el temor de perderlo. Recibimos una negativa y, en lugar de pensar “esta oportunidad no funcionó”, sentimos “otra vez no me eligieron”.

No significa que todo lo que nos pasa tenga su origen en la infancia, ni que nuestro pasado determine por completo quiénes somos.

Pero nuestra historia participa de la manera en que interpretamos y vivimos algunas experiencias.

El acontecimiento ocurre en el presente, pero aquello que despierta en nosotros puede tener una historia más larga.

Por eso, cuando un pensamiento se repite, quizá no se trate solamente de encontrar la manera de hacerlo desaparecer. También podemos preguntarnos qué está tocando en nosotros.

¿Tenemos que controlar nuestra mente?

Quizá la idea de “controlar tus pensamientos” sea, en ocasiones, una forma de plantearnos una exigencia imposible: tener que pensar solamente aquello que queremos pensar, sentir solamente aquello que consideramos adecuado y mantener nuestra mente bajo control todo el tiempo.

Pero nuestra vida psíquica no funciona de esa manera.

Hay pensamientos que no elegimos. Hay preocupaciones que aparecen. Hay recuerdos que regresan. Hay preguntas que permanecen abiertas.

El objetivo de una terapia no tendría que ser conseguir una mente completamente silenciosa.

Tal vez se trate de algo distinto: poder escuchar de otra manera aquello que insiste.

Porque cuando dejamos de preguntarnos únicamente “¿cómo hago para que esto desaparezca?” y empezamos a preguntarnos “¿por qué esto tiene tanto peso para mí?”, puede aparecer algo nuevo.

No necesariamente una respuesta inmediata. Tampoco una solución mágica.

Pero sí la posibilidad de comprender qué lugar ocupa aquello que pensamos, qué se repite en nuestra manera de relacionarnos con los demás y qué hacemos cuando aparece aquello que nos angustia.

Quizá no podamos controlar todos nuestros pensamientos.

Pero podemos empezar a preguntarnos qué hacemos con ellos y qué nos están diciendo acerca de nosotros mismos.

Y a veces, esa pregunta puede ser más importante que conseguir que nuestra mente deje de pensar.