Recuerdo con claridad una frase de un docente y analista a quien admiraba profundamente: “De la clínica no se vive.” Durante mucho tiempo no la cuestioné; más bien, la incorporé como una especie de verdad silenciosa que organizaba mis decisiones. Yo sabía que lo que me gustaba era la clínica, que había algo ahí que me convocaba de una manera distinta a otros espacios, pero también asumía que no era suficiente para sostener una vida.

Así, casi sin darme cuenta, empecé a ubicar la clínica en un lugar transitorio. Era eso que hacía mientras lograba algo más estable, mientras encontraba un trabajo “de verdad”, mientras cumplía con ciertas expectativas sobre lo que debía ser una trayectoria profesional. En ese entonces no lo veía como una renuncia, pero hoy puedo leer ahí una forma de aplazar una decisión.

Sostenerse sin saber que ya estaba ocurriendo

En medio de ese “mientras tanto”, llegó la maestría. Fue un momento exigente, tanto en lo académico como en lo personal, y sin embargo ocurrió algo que en su momento no dimensioné: empecé a sostenerme económicamente desde la clínica. No solo eso, sino que incluso logré pagar la maestría trabajando con pacientes.

Lo curioso es que, aun con esa evidencia, no terminaba de reconocer el lugar que la clínica ya estaba ocupando en mi vida. La exigencia académica empezó a pasar factura y hubo un punto de agotamiento en el que comencé a distanciarme afectivamente de ese espacio. Lo que antes había representado un ideal empezó a sentirse como una carga, como una exigencia constante que me alejaba de aquello que inicialmente me había motivado.

En ese contexto, la idea de un trabajo estable volvió a aparecer con fuerza, casi como una solución.

La estabilidad como respuesta… y como pregunta

Cuando llegó la oportunidad de vincularme a la docencia, la tomé. No fue una decisión completamente convencida, pero sí lo suficientemente razonable dentro de la lógica que venía sosteniendo. Tener un ingreso fijo, una estructura clara y un lugar reconocido socialmente parecía responder a muchas de las inquietudes que había tenido.

Sin embargo, la experiencia no fue lineal. Había momentos de satisfacción, de construcción, incluso de disfrute, pero también una sensación persistente de desgaste. Como si estuviera transitando un camino que, aunque valioso, no terminaba de alojar algo propio. Era una especie de movimiento constante entre la tranquilidad de la estabilidad y la incomodidad de no sentirme del todo ahí.

Al mismo tiempo, ese espacio me permitió algo que resultó fundamental: empezar a construir un lugar más estable para mi práctica clínica. Así nació EstaMente, no solo como un proyecto, sino como una forma de ir dándole consistencia a una apuesta que todavía estaba en proceso de definirse.

El encuentro con el deseo (y con el deseo del otro)

Tiempo después, en una conversación con aquel profesor, algo se reordenó en mi forma de entender esa frase que tanto me había marcado. Comprendí que su posición no respondía a una imposibilidad estructural de vivir de la clínica, sino a una elección: él no deseaba hacer de la clínica una empresa. Atendía porque quería hacerlo, pero no buscaba sostener su vida económica desde allí.

Ese matiz hizo toda la diferencia.

Me permitió ver que, en mi propia relación con la clínica, también había un deseo que no era completamente mío. Había heredado ciertas ideas sobre lo que debía ser la práctica, sobre sus límites y sobre la manera “correcta” de habitarla. En ese punto, la pregunta dejó de ser si se podía o no vivir de la clínica, y empezó a girar en torno a otra cosa: ¿qué estaba eligiendo yo realmente?

La dificultad de decidir

Si algo puedo decir con honestidad es que vivir de la clínica no fue un camino fácil para mí. No solo por las condiciones del contexto laboral, donde la estabilidad suele ocupar un lugar central, ni por los discursos familiares que muchas veces privilegian lo seguro sobre lo incierto. También fue difícil porque había una vacilación interna que no terminaba de resolverse.

Durante mucho tiempo, la clínica estuvo en un lugar intermedio: ni completamente elegida, ni completamente descartada. Y en ese punto intermedio, era difícil que se organizara como un eje central de mi vida profesional. Mirándolo ahora, entiendo que no se trataba únicamente de que “no funcionara”, sino de que yo misma no había tomado una posición clara frente a ella.

Cuando algo se decide, algo se ordena

Hubo un momento —que no fue espectacular ni dramático, pero sí significativo— en el que algo cambió. Más que un evento puntual, fue una decisión que se fue asentando: darle un lugar real a la clínica en mi vida.

A partir de ahí, empezaron a ocurrir transformaciones que, vistas en conjunto, marcan una diferencia. Empezaron a llegar pacientes nuevos, los procesos comenzaron a sostenerse en el tiempo y fui construyendo una manera propia de ejercer la clínica. No como una réplica de modelos externos, sino como una práctica que se iba configurando en coherencia con mi forma de estar ahí.

Incluso hubo algo que no esperaba: empecé a sorprenderme con lo que hacía. A encontrarle gusto, a reconocer valor en mi trabajo y a sentir que, más allá de las dificultades, había una satisfacción genuina en ese ejercicio.

Más allá del dinero: una posición

Hoy entiendo que vivir de la clínica no puede reducirse únicamente a un asunto económico, aunque claramente lo incluya. Implica ingresos, organización, sostenibilidad, pero también implica una posición subjetiva frente a lo que se hace.

La clínica no es solo una empresa, pero tampoco está por fuera de lo social ni de lo económico. Se sitúa en un punto donde se entrecruzan el deseo, las condiciones materiales y una dimensión ética que no es posible eludir. En ese sentido, sostenerse de la clínica no es solo “lograr que funcione”, sino asumir lo que implica habitar ese lugar.

Para quienes están en el “mientras tanto”

Si algo de esta experiencia puede servirle a alguien más, no es como una fórmula ni como una garantía. No creo que haya un único camino ni que la clínica deba ser la elección de todos.

Pero sí creo que vale la pena detenerse en una pregunta que, en mi caso, fue decisiva:
¿estoy eligiendo la clínica o la estoy dejando en un “mientras tanto”?

Porque a veces no se trata de que no sea posible vivir de ella, sino de que todavía no hemos tomado una decisión que la ubique en el lugar que realmente queremos darle.

Y cuando esa decisión empieza a tomar forma, incluso con dudas, algo también comienza a ordenarse en la práctica.